jueves, 27 de agosto de 2015

Parlante

A ella le gustaba tomar un café sola y sentir como a la amargura que sentía por dentro, se le sumaba la amargura y acidez del café. De vez en cuando de su mente caían ideas, ideas no del todo convencionales, que derivaban en nada. 
Ese nada la llevaba al estado neutral que tanto odiaba: Lineal, llano, sin gracia alguna. Estado en el cual había aprendido a vivir a lo largo de todos los años de su vida. ¿De qué le servía seguir así? ¿De qué le servía ver como todos eran jugadores y ella solo una muñeca parlante que sonríe más de lo que quiere sonreír? 
Tomaba el café y meditaba como salir de esa quietud. Sentía en su mandíbula como esta se había apoderado de ella y de todos sus sentidos, empezando por el gusto. No tenía a nadie más que aquél botón que presionaba cada vez que sentía la necesidad de complacer a los otros, acompañando su discurso con una sonrisa que a menudo, cuando se hacía de noche, se borraba mientras miraba el techo de su habitación. 
¿Cómo podía explicarle a alguien que acercarse a ella los volvería locos? Ella simplemente no lo hacía. Alejaba a los demás solo con el hecho de presionar el botón. 
Preparaba café todas las mañanas, esperando sentir algo diferente en el pocillo y medio y las dos cucharadas de azúcar morena. Solo conseguía darse el gusto de llevar algo caliente a su boca, porque, a decir verdad, el gusto del café era horrible y la temperatura de este, lo más cerca que estaba de recibir un abrazo. 
Desconecto el botón de su cuerpo un día, suponiendo que eso la ayudaría a sentirse mejor. Lo único que consiguió fue una enorme tensión muscular por la costumbre a conservar lo adquirido. Pero, sin embargo, más tarde, sanó. 
Los cables que rodeaban el botón ya no pedían estar conectados a este.
El café volvía a saber como una vez había sabido. 
Ella volvía a sonreír lo justo y necesario. 

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